Lectura estimada: 7 minutos ·
SÍNTESIS INICIAL
Una cita del biólogo Edward O. Wilson circula con la regularidad de un dogma. La humanidad tiene emociones paleolíticas, instituciones medievales y tecnología digna de dioses. La frase seduce porque parece decirlo todo. Pero su poder de seducción es exactamente su trampa; al reformular los fracasos políticos como inadaptaciones evolutivas, convierte la dominación de clase en fatalidad biológica y absuelve a los responsables antes de nombrarlos. Wilson identifica síntomas reales. Su marco explicativo, sin embargo, opera como una coartada que desplaza el análisis del poder hacia la naturaleza, produce un nihilismo confortable y deja intactas las estructuras que reproduce. Este texto examina el mecanismo, sus consecuencias políticas y por qué la velocidad tecnológica no es un accidente de la evolución sino un resultado del poder.
La cita de Wilson circula en redes sociales con la fluidez de las verdades que no requieren prueba. Su estructura tripartita es elegante, su diagnóstico suena clínico, y su conclusión implícita tranquilizadora para quien no quiere que nada cambie. Si el problema es la especie, nadie en particular es culpable. Esa tranquilidad es, precisamente, el problema.
La ilusión de la lucidez
El primer movimiento de Wilson es perceptible y parcialmente correcto; existe una brecha entre lo que los seres humanos sienten y lo que sus tecnologías les permiten hacer. La capacidad de destrucción masiva no requiere odios nuevos; bastan los de siempre, amplificados. Los algoritmos de recomendación no inventan el tribalismo; lo explotan con una precisión que ningún demagogo del siglo XX habría podido soñar. Hasta ahí, la observación se sostiene.
Pero Wilson da un segundo paso que el primero no justifica; atribuye la disfunción institucional a ese mismo rezago evolutivo. Las instituciones no fallan porque sean medievales por naturaleza; fallan de formas específicas, en beneficio de actores específicos, en contextos históricos que tienen nombres y fechas. Cuando el sistema financiero internacional produce crisis recurrentes que empobrecen a las clases medias y enriquecen a los fondos de inversión, no hay nada de paleolítico en ese mecanismo. Es moderno, deliberado y perfectamente documentado.
La seducción de la formulación wilsoniana proviene de su aparente universalismo. Al decir “la humanidad”, Wilson produce una comunidad de culpa que incluye al ejecutivo de BlackRock y al agricultor desplazado por una represa. Ambos tendrían el mismo lastre cognitivo, la misma responsabilidad difusa ante el desastre compartido. Este universalismo es, funcionalmente, una operación ideológica que elimina la asimetría de poder antes de que el análisis pueda comenzar.
DATO CLAVE
Según el informe Oxfam de 2024, los cinco hombres más ricos del planeta duplicaron su fortuna entre 2020 y 2023, mientras cinco mil millones de personas se empobrecieron en el mismo período. Según la Tax Justice Network, los Estados pierden cada año al menos 492.000 millones de dólares en evasión y elusión fiscal corporativa, cifra que equivale al presupuesto sanitario anual de 1.000 millones de personas. La concentración no es un rezago evolutivo, sino una política.
El mecanismo de la despolitización
La sociobiología, en su versión más divulgada, opera por sustitución; reemplaza el análisis de las relaciones de producción por el de los mecanismos de adaptación. El resultado es estéticamente satisfactorio y políticamente estéril. Si la agresión territorial es un impulso evolutivo, la guerra se vuelve comprensible pero inevitable. Si la jerarquía es una herencia del primate, la desigualdad se convierte en un dato de la naturaleza, no en una construcción que puede desmontarse.
Wilson no era un ideólogo de derecha en el sentido ordinario del término. Su trabajo sobre la biodiversidad y la extinción de especies fue genuinamente valioso. Pero la sociobiología como marco explicativo de las instituciones humanas fue objeto de críticas severas desde su propia comunidad científica. Richard Lewontin, Stephen Jay Gould y Leon Kamin publicaron en 1984 el libro No está en los genes, un análisis sistemático de los sesgos metodológicos y las implicaciones políticas del determinismo biológico aplicado a los comportamientos sociales. Su argumento central no era que la biología no importa, sino que la biología no determina; entre el genoma y la institución hay historia, economía y poder.
Lewontin, Kamin y Rose sostienen en ese libro que el determinismo biológico opera siempre como una teoría de la inevitabilidad; convierte la contingencia histórica en necesidad natural, y lo que podría ser de otra manera en lo que no puede cambiarse. No es una crítica a la biología; es una crítica a su uso como argumento de cierre político.
Esta distinción importa porque define el tipo de acción posible. Si las instituciones son medievales por herencia evolutiva, la única salida es esperar que la evolución las alcance, proceso que tarda milenios. Si son capturadas por intereses que financian su parálisis, la salida es política y puede ocurrir en años.
Instituciones capturadas, no arcaicas
El término “instituciones medievales” es el más honesto del tríptico wilsoniano, pero Wilson no lleva el diagnóstico hasta sus consecuencias. Una institución no es disfuncional porque sea antigua; es disfuncional porque sirve a quien la controla, y ese control es contemporáneo, renovado, financiado. El Fondo Monetario Internacional no es medieval; fue fundado en 1944, rediseñado en los años ochenta, y sus condicionalidades de ajuste estructural arruinaron economías enteras con una eficiencia que ninguna institución medieval habría podido alcanzar.
La Reserva Federal, los bancos centrales europeos, la Organización Mundial del Comercio, los sistemas electorales de las democracias liberales; ninguno funciona mal por arcaísmo cultural. Funcionan al servicio de los intereses que dominaron su creación y que financian su preservación. Llamar “medieval” a ese funcionamiento es un error de diagnóstico que conviene a quienes se benefician de él; si el problema es la edad, la solución es la modernización técnica, no la redistribución del poder.
DATO CLAVE
Entre 2010 y 2023, la industria financiera gastó más de 4.700 millones de dólares en lobby ante el Congreso de los Estados Unidos, según el Center for Responsive Politics. En ese mismo período, ninguna regulación sistémica comparable a la Ley Glass-Steagall de 1933 fue aprobada. La parálisis regulatoria no es un problema de emociones paleolíticas, sino el resultado de una inversión política calculada.
La tecnología como campo de poder
El cambio tecnológico supera efectivamente la capacidad de adaptación de los marcos regulatorios. La inteligencia artificial (sistemas capaces de tomar decisiones autónomas con consecuencias masivas), la edición genética, los activos digitales descentralizados generan desafíos normativos que los parlamentos y las cortes procesan con lentitud estructural. Esto es constatable. Pero esta lentitud tiene agentes, no solo causas.
Cuando Meta, Google o Amazon despliegan tecnologías de extracción de datos durante años antes de que cualquier regulador intervenga, no es porque los legisladores tengan cerebros paleolíticos. Es porque esas empresas financian campañas electorales, contratan a ex reguladores como asesores y litigian durante años cada intento de control. La brecha entre tecnología e institución no es un accidente de la evolución sino el producto de una estrategia de captura regulatoria con presupuesto y resultados auditables.
El caso del Reglamento de Inteligencia Artificial de la Unión Europea ilustra el mecanismo con precisión clínica. Cuando la Comisión Europea publicó su propuesta en 2021, las principales empresas tecnológicas movilizaron más de ciento treinta organizaciones de lobby para intervenir en el proceso de redacción; según el Corporate Europe Observatory, el ochenta por ciento de las reuniones de los ponentes del Parlamento Europeo sobre el tema se celebraron con representantes de la industria. El resultado fue un reglamento que clasifica los riesgos de la inteligencia artificial según criterios de mercado, no según criterios de derechos fundamentales, y que contempla decenas de exenciones para aplicaciones militares y de seguridad nacional. Ningún cerebro paleolítico redactó esas exenciones; las elaboraron equipos jurídicos con tarifas de mercado muy precisas.
La diferencia conceptual no es menor. Si la brecha es evolutiva, es insoluble a escala humana. Si es política, tiene responsables que pueden ser identificados, regulados o desplazados. La formulación de Wilson elimina esta segunda posibilidad antes de que pueda formularse. Y esa eliminación no es neutra; produce un ciudadano que observa el desastre con lucidez melancólica pero sin palanca de acción, que es exactamente el estado de ánimo que conviene a quien prefiere que las cosas continúen como están.
Lo que la coartada no puede explicar
Si las instituciones fueran medievales por inercia evolutiva, no habría forma de explicar su velocidad cuando el poder lo exige. El New Deal estadounidense rediseñó el sistema financiero en cien días. Los estados de bienestar europeos construyeron en menos de una generación estructuras de redistribución que ningún período anterior había conocido. Las instituciones no son lentas por naturaleza; son selectivamente lentas según a quién beneficia esa lentitud.
El economista húngaro Karl Polanyi ofreció en 1944, en La gran transformación, un marco radicalmente distinto al de la sociobiología. Para Polanyi, los mercados no son fenómenos naturales emergentes de la condición humana; son construcciones políticas que requieren una intervención activa y sostenida del Estado para crearse y mantenerse. La ficción de la economía autorregulada no es un accidente evolutivo sino una ideología que necesita instituciones específicas, legislación específica y represión específica cuando las poblaciones resisten. Su concepto del doble movimiento (la tensión permanente entre la expansión del mercado y la reacción social que busca protegerse de sus efectos destructivos) describe exactamente lo que la coartada evolutiva impide ver; que la historia no es el relato de una especie que no puede adaptarse a sus propias creaciones, sino el de un conflicto permanente entre quienes extraen valor del desorden y quienes pagan su precio.
La coartada evolutiva no puede dar cuenta de esa selectividad porque, para hacerlo, tendría que introducir actores, intereses y conflictos; es decir, política. Wilson describe un mundo donde todos los seres humanos son víctimas del mismo rezago cognitivo. Pero el ejecutivo que contrata veinte abogados para impugnar cada regulación propuesta no está siendo víctima de sus emociones paleolíticas; está ejecutando una estrategia de maximización de beneficios con herramientas perfectamente contemporáneas. Nombrar eso no requiere biología evolutiva. Requiere análisis de clase. Y la diferencia es que una de las dos perspectivas deja ver quién se beneficia del estado de cosas, y la otra lo disuelve en la especie.
Lo que está en juego, en última instancia, es el tipo de ciudadano que produce cada marco explicativo. El wilsoniano observa, comprende vagamente, y concluye que poco puede hacerse; la especie es lo que es, el tiempo evolutivo no es el tiempo político. El análisis de clase produce un ciudadano distinto; uno que identifica intereses, rastrea decisiones, nombra a quienes se benefician de la parálisis y evalúa los instrumentos disponibles para interrumpirla. La cita de Wilson seguirá circulando porque es formalmente perfecta y políticamente inofensiva. Eso, exactamente, es lo que la convierte en un problema…
G.S.
Fuentes
- Wilson, Edward O., Consilience: The Unity of Knowledge, Knopf, 1998
- Lewontin, Richard; Rose, Steven; Kamin, Leon, No está en los genes, Crítica, 1984
- Polanyi, Karl, La gran transformación, Fondo de Cultura Económica, 2003 (1944)
- Oxfam Internacional, Inequality Inc., Informe Davos, enero 2024
- Tax Justice Network, The State of Tax Justice 2023, noviembre 2023
- Center for Responsive Politics, Financial sector lobbying data 2010–2023, OpenSecrets.org, 2024
- Corporate Europe Observatory, Big Tech’s lobbying on the EU AI Act, marzo 2022


Deja un comentario