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AcidReport

La guerra global que nos venden como defensa de Occidente

AcidReport – MEDIO ORIENTE – La guerra global que nos venden como defensa de Occidente

POR

Gabriel Schwarb

2 marzo 2026
La guerra global que nos venden como defensa de Occidente

Ilustración: ©2026 Gabriel Schwarb

Lectura estimada: 8 minutos ·

SÍNTESIS INICIAL

Lo que se presenta como una escalada militar contra Irán es, en realidad, el eslabón más visible de una cadena que se extiende desde el Caribe hasta el Ártico, desde Gaza hasta el Indo-Pacífico. No hay guerras aisladas en este mapa. Hay una sola guerra con múltiples frentes, librada por un sistema que siente el suelo ceder bajo sus pies. El declive económico de Estados Unidos, su deuda estructural y la amenaza concreta de un mundo multipolar que redistribuiría el control sobre la energía, las materias primas, las finanzas y la información, constituyen el motor real de cada intervención. Irán es el objetivo inmediato. El objetivo de fondo es otro, preservar la arquitectura de dominación que permite a un puñado de corporaciones transnacionales dictar las condiciones de existencia al resto del planeta.

En plena negociación diplomática, los bombardeos. El patrón se repite con una regularidad que ya no sorprende, salvo a quienes eligen no verlo. Esta vez el pretexto es Irán, pero el mecanismo es idéntico al que se desplegó contra Venezuela, contra el Líbano, contra Gaza. Entender la lógica de fondo es la condición mínima para no convertirse en cómplice pasivo de lo que viene.

Tabla de Contenido

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  • Un imperio que no puede permitirse perder
  • La geografía del saqueo
  • La hipocresía europea como doctrina
  • El fascismo como solución de gestión
  • La guerra es también contra nosotros
  • Lo que nos queda
      • Fuentes

Un imperio que no puede permitirse perder

Hablar de declive estadounidense no es una hipótesis ideológica, es una constatación contable. La deuda federal supera los 34 billones de dólares, la desindustrialización es estructural y el dólar enfrenta, por primera vez desde Bretton Woods, una competencia seria como moneda de reserva internacional. Un sistema en esas condiciones no negocia desde la fortaleza, negocia desde el miedo, y cuando negocia desde el miedo, la tentación de forzar militarmente lo que no puede obtenerse económicamente se vuelve irresistible. Lo que ocurre hoy con Irán no es una anomalía de la política exterior de Trump, es su expresión más honesta. La brutalidad no es un exceso, es el método. Cuando la persuasión ya no alcanza y las sanciones ya no doblan la voluntad del adversario, queda el bombardeo. La lógica es tan simple que resulta casi obscena.

El mundo multipolar que Washington quiere impedir no es una utopía de izquierda académica. Es una realidad en construcción, articulada alrededor de los BRICS, de nuevos acuerdos de comercio en monedas locales y de alianzas energéticas que cortocircuitan el sistema financiero occidental. En 2024, el volumen de intercambios comerciales entre los países BRICS superó por primera vez al de los países del G7, un dato que las grandes cadenas de información difundieron con la discreción que se reserva a las noticias incómodas. Irán forma parte de ese reordenamiento, como Venezuela, como Cuba, como cualquier actor que intente salirse del perímetro de control que las corporaciones transnacionales consideran su territorio natural. La agresión no busca exportar democracia, esa narrativa ya no convence ni a sus propios promotores. Busca destruir los nodos de un orden alternativo antes de que ese orden se consolide, y busca hacerlo ahora, mientras el sistema todavía tiene capacidad militar para imponerse.

La deuda pública de Estados Unidos superó el 120% del PIB en 2024. Los presupuestos de defensa crecieron un 40% en términos reales desde 2001, mientras el salario mínimo federal permanece congelado en 7,25 dólares por hora desde 2009. La industria armamentística estadounidense facturó 317.000 millones de dólares en 2023, año en que se registraron los niveles más altos de conflictos armados activos desde la Segunda Guerra Mundial.

La geografía del saqueo

Cada conflicto reciente tiene una lógica de recursos que sus promotores se cuidan muy bien de no mencionar. Venezuela fue sometida a un cerco económico sin precedentes cuando sus reservas petroleras, las más grandes del mundo, empezaron a orientarse hacia compradores fuera del sistema de petrodólar. Washington calculó con anticipación que una guerra contra Irán perturbará los mercados energéticos globales durante meses; tener el petróleo venezolano bajo control indirecto funciona como reserva estratégica. El Groenland, que Washington reclama con una insistencia que bordea lo ridículo, concentra depósitos de tierras raras indispensables para la industria tecnológica y militar, un argumento que ningún funcionario estadounidense menciona públicamente pero que ningún analista serio ignora.

Cuba sigue bloqueada décadas después del fin de la Guerra Fría porque su sola existencia como alternativa política irrita a las élites latinoamericanas alineadas con Washington y porque su influencia simbólica sobre los movimientos sociales del continente es inversamente proporcional a su tamaño. Mantenerla aislada es también una señal dirigida a los países que consideran acercarse a los BRICS, la señal de que el precio de la disidencia se paga durante generaciones. El Líbano es presionado porque su desestabilización completa el aislamiento de la resistencia palestina y abre espacio a un rediseño territorial del que los intereses inmobiliarios y geopolíticos de la administración Trump no son ajenos. Cada frente tiene su propia lógica de extracción; todos responden a la misma central de mando.

No es teoría conspirativa. Es la lectura de un mapa donde los puntos calientes coinciden, con una precisión que no deja lugar a la casualidad, con las reservas estratégicas que el sistema necesita controlar para sobrevivir a su propia crisis. Gaza no es una excepción a este patrón, es su expresión más brutal y más visible, el laboratorio donde se prueban las técnicas de exterminio que luego se exportarán, perfeccionadas, a los próximos escenarios.

“El fascismo no es una anomalía histórica sino la forma que toma el capitalismo cuando ya no puede permitirse el lujo de la democracia liberal.”
– Walter Benjamin -, Tesis sobre filosofía de la historia, 1940.

La hipocresía europea como doctrina

El comunicado conjunto de Macron, Merz y Starmer llamando a Irán a “negociar” merece un análisis detenido, porque su surrealismo no es accidental, es estructural. En 2015, esos mismos países, junto con la administración Obama, firmaron el JCPOA, un acuerdo nuclear negociado con paciencia y validado por la comunidad internacional. Quien lo destruyó no fue Teherán. Fue Trump, en 2018, de manera unilateral y sin contraprestación. Esta semana, según el mediador en las conversaciones en curso, las negociaciones avanzaban. Quien atacó fue Washington, no Irán. Ante ese contexto, exigir a la parte bombardeada que no responda al bombardeo es una postura que ya no merece el nombre de diplomacia.

Los hechos documentados agravan el cuadro. Israel bombardeó una escuela en Hormozgan. Las víctimas incluyen 140 niñas. Irán solicitó una reunión de urgencia del Consejo de Seguridad de la ONU para detener el conflicto. Washington bloqueó la convocatoria. Los líderes europeos no emitieron comunicado sobre ese veto. Lo emitieron para pedir contención al país atacado. Esa selectividad no es un error de juicio; es una política deliberada al servicio de quien controla el suministro energético europeo. Las élites del continente saben perfectamente que esta guerra es también una guerra por el petróleo, y su silencio sobre ese hecho es la medida exacta de su dependencia. Macron, Merz y Starmer no han perdido el juicio. Han perdido algo más difícil de recuperar.

El fascismo como solución de gestión

Hay una palabra que regresa con una frecuencia inquietante en los últimos meses, fascismo, y que las élites mediáticas se apresuran a neutralizar cada vez que aparece, diluyéndola en comparaciones históricas que sirven para todo y para nada. El fascismo real no llega anunciándose. Llega como una solución técnica a un problema de gobernabilidad, cuando la pobreza crece, cuando la deuda es impagable, cuando el contrato social se rompe y la legitimidad de las instituciones se desintegra. En ese momento, la guerra exterior funciona como anestesia interior. Moviliza el miedo, orienta la rabia hacia un enemigo externo y justifica el desmantelamiento progresivo de las garantías que hacen posible la disidencia.

Existe además una función de distracción que los analistas suelen subestimar. El escándalo Epstein sigue produciendo revelaciones que implican a figuras del poder político y financiero en ambos lados del Atlántico; una guerra es el mejor cortocircuito informativo que existe, satura los canales y desplaza el debate. Las milicias de extrema derecha que operan con una tolerancia institucional que ya no se disimula completan el cuadro, cuerpos de choque disponibles para cuando la represión deba asumir un rostro no oficial.

Lo que se vio en Francia con el tratamiento mediático de la ultraderecha no fue un accidente editorial. Fue la señal de que el perímetro de lo decible se ha desplazado, que las narrativas racistas, islamófobas y antiárabes ya no son marginales sino que forman parte del arsenal discursivo de los grandes medios. Proteger a militantes de ultraderecha mientras se criminaliza la solidaridad con Palestina no es incoherencia, es política. Una política destinada a construir el consenso necesario para la siguiente fase, la que implica sacrificios interiores presentados como exigencias de la seguridad nacional.

La guerra es también contra nosotros

Esta guerra no es solo contra Irán, ni contra los árabes, ni contra los africanos, ni contra los latinos, ni contra China. Es también contra nosotros, contra los que viven en los países que la financian con sus impuestos y que verán sus sistemas de protección social desmantelados para alimentar los presupuestos de defensa. La correlación no es metafórica, es presupuestaria. Cada misil lanzado sobre el golfo Pérsico tiene un coste que se descuenta de algún hospital, de alguna escuela, de alguna prestación de desempleo. La guerra de las corporaciones transnacionales para mantener su dominio sobre el mundo es inseparable de la guerra contra las condiciones de vida de las poblaciones que teóricamente representan.

La desinformación que acompañará esta escalada será masiva y sofisticada, construida sobre las mismas estructuras narrativas que funcionaron en Irak, en Libia, en Siria. Armas de destrucción masiva que no existen, liberaciones que son ocupaciones, democracias que son ruinas. El repertorio es conocido. Lo que cambia es la velocidad de difusión y la saturación del espacio informativo, que hace cada vez más difícil distinguir lo que ocurre de lo que se quiere que creamos que ocurre. Resistir esa saturación, exigir pruebas, rastrear intereses e identificar a quién beneficia cada relato antes de reproducirlo, es en sí mismo un acto político de primera magnitud.

Lo que nos queda

No hay salida individual a una crisis de esta escala. Pero hay opciones colectivas que no dependen de ninguna instancia superior. Reducir la dependencia de las corporaciones que financian esta guerra, sostener los medios y las redes que mantienen vivo un periodismo que no obedece a sus accionistas, exigir el respeto del derecho internacional con la misma energía con que se exige el equilibrio presupuestario, son gestos que, acumulados, forman algo que se parece a una política. La paz no es una postura sentimental. Es un interés material de la inmensa mayoría de la población mundial, una mayoría que no controla ningún misil pero que financia todos los que se lanzan.

El fascismo no se instala en un día. Se instala cuando la mayoría decide que no es asunto suyo hasta que lo es demasiado tarde. Se instala en los silencios de quienes saben y no dicen, en la fatiga de quienes protestaron y dejaron de hacerlo. Seguir de cerca lo que viene, nombrar lo que se ve, negarse a la complicidad del silencio, son las condiciones mínimas para que la resistencia tenga algún sentido. Y a veces lo mínimo, practicado con constancia y sin ilusiones, es suficiente para que algo cambie en la dirección correcta…

G.S.

Fuentes

  • “US National Debt Clock”, Departamento del Tesoro de Estados Unidos, febrero de 2026
  • “SIPRI Military Expenditure Database 2024”, Stockholm International Peace Research Institute, 2024
  • “Iran nuclear talks and US military posture in the Gulf”, Reuters, febrero de 2026
  • “Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA)”, Naciones Unidas, julio de 2015
  • “Trump withdraws from Iran nuclear deal”, The Guardian, mayo de 2018
  • “Venezuela oil reserves and US sanctions policy”, Energy Policy journal, 2023
  • “Rare earth deposits in Greenland and Arctic geopolitics”, Financial Times, enero de 2026
  • “Gaza conflict and regional geopolitical implications”, Al Jazeera Investigative Unit, 2025
  • “Walter Benjamin, Tesis sobre filosofía de la historia”, 1940
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Gabriel Schwarb

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Escritor suizo-colombiano, estratega en comunicación y narrativa, y Fundador y Editor en Jefe del medio independiente AcidReport. Escribe desde la frontera entre la memoria y el cansancio, sin pertenecer a ningún aparato, sin pedir permiso. No busca fama ni redención: busca precisión, contexto, verdad.

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Con una trayectoria de más de dos décadas en el campo visual y narrativo, su trabajo se sitúa en un territorio incómodo para el poder y ajeno al consenso. Publica para no olvidar, para no volverse indiferente, para dejar constancia. Rechaza el optimismo institucional y la neutralidad aparente del periodismo decorativo.

Desde Suiza, pero no desde el silencio, articula una escritura radicalmente independiente, anclada en la experiencia, el rigor y la sospecha permanente hacia todo discurso dominante.

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