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AcidReport

Los justos y el algoritmo. De Kaliayev a Lavender, o la ética de matar liquidada

AcidReport – GAZA – Los justos y el algoritmo. De Kaliayev a Lavender, o la ética de matar liquidada

POR

Gabriel Schwarb

23 febrero 2026
Los justos y el algoritmo. De Kaliayev a Lavender, o la ética de matar liquidada

Ilustración: ©2026 Gabriel Schwarb

Lectura estimada: 11 minutos ·

SÍNTESIS INICIAL

En 2 minutos. La obra de Camus Les Justes plantea una pregunta que el siglo XX no supo resolver y que el siglo XXI ha decidido suprimir. Este texto demuestra que los sistemas de inteligencia artificial militar israelíes (Lavender, Gospel, Where’s Daddy) eliminan por diseño el momento de suspensión ética que define la humanidad del personaje camusiano, que los marcos jurídicos internacionales son incapaces de asignar responsabilidad cuando la decisión letal es algorítmica, y que Gaza funciona como laboratorio de una nueva doctrina donde el inocente ha dejado de ser una categoría operativa. Explica cómo la burocracia técnica pulveriza la responsabilidad individual y qué implica eso para cualquier sistema de justicia que pretenda sobrevivir. Si solo puedes leer esto, quédate con esto: cuando una máquina decide quién muere, nadie puede responder por su nombre propio, y eso no es eficiencia, es impunidad con interfaz.

Moscú, 1905. Un hombre armado con una bomba ve pasar un carruaje. Dentro, el gran duque que debe morir. También, dos niños. La bomba no es lanzada. Este gesto, o más precisamente esta suspensión del gesto, es lo que Albert Camus propone como fundamento de cualquier ética que merezca el nombre. El siglo que nos separa de ese instante ficticio ha vaciado lentamente ese fundamento, hasta que Gaza lo ha suprimido sin anestesia.

Tabla de Contenido

Toggle
  • Los niños en el carruaje
  • Camus, la guerra justa y sus herederos incómodos
  • La burocracia del crimen
  • La responsabilidad pulverizada
  • Conclusión
      • Fuentes

Los niños en el carruaje

La escena central de Les Justes no funciona como argumento contra la violencia política en abstracto, sino como diagnóstico de lo que ocurre cuando la conciencia individual confronta el daño irreparable. Kaliayev, el personaje que sostiene la bomba, no renuncia por cobardía ni por convicción pacifista, renuncia porque ve. La presencia física del inocente interrumpe la cadena causal que convierte a un ser humano en instrumento de una causa. Lo que Camus hace no es proponer una moral cómoda; propone una moral costosa, que exige al agente de la violencia asumir la mirada directa sobre aquello que destruye. La eficacia, en esa lógica, no es el criterio supremo, lo es la capacidad de sostenerse como sujeto moral frente al acto que se comete. Esto tiene consecuencias técnicas inmediatas. Significa que la responsabilidad no puede ser transferida, ni delegada, ni disuelta en una cadena de mando. Significa que quien mata debe poder decir, con su nombre y su conciencia, por qué mató y a quién. El problema contemporáneo es que esta exigencia ha sido declarada inoperante, y que Gaza ofrece el ejemplo más documentado de su eliminación sistemática.

Camus, la guerra justa y sus herederos incómodos

El personaje de Kaliayev no es una invención. Ivan Kaliayev existió, militó en la organización de combate del Partido Socialista Revolucionario ruso bajo la dirección de Boris Savinkov, y el 4 de febrero de 1905 lanzó efectivamente la bomba que mató al gran duque Sergio Alexandrovich, tío del zar Nicolás II. Lo que Camus retiene del episodio histórico no es el atentado consumado sino la vacilación del primer intento, cuando Kaliayev renunció al lanzamiento al ver a los sobrinos del gran duque en el carruaje. Este detalle, verificable en las memorias de Savinkov publicadas en 1917, era en su época un dato menor de la hagiografía revolucionaria. Camus lo convirtió en el núcleo de una obra porque comprendió que la ética no habita en los principios declarados sino en los gestos concretos, en la fracción de segundo en que la doctrina cede ante el rostro de un niño. La obra fue escrita en 1949, cuatro años después de Hiroshima y dos antes de la publicación de L’Homme révolté, el ensayo que le costaría la amistad con Sartre y la marginación de buena parte de la izquierda europea. El contexto no es accesorio. Camus escribía en un momento en que la violencia revolucionaria gozaba de una legitimidad casi incuestionada en los círculos intelectuales parisinos, y en que el estalinismo podía ser defendido públicamente bajo el argumento de que la historia exige sus sacrificios. Su posición era minoritaria e incómoda.

La ruptura con Sartre, precipitada por L’Homme révolté pero gestada durante años, no era un desacuerdo de temperamentos sino de epistemología moral. Sartre sostenía que la violencia de los oprimidos no podía ser juzgada con los mismos criterios que la violencia de los opresores, que la asimetría de poder generaba una asimetría ética. Camus respondía que esta lógica, llevada a su conclusión, autorizaba cualquier crimen en nombre de cualquier causa suficientemente justa, y que la historia del siglo XX ofrecía pruebas suficientes de adónde conducía esa autorización. El debate quedó irresuelto porque ninguno de los dos cedió, y la Guerra de Argelia (1954-1962) lo volvió insostenible. Camus, argelino de nacimiento, se negó a avalar la violencia del FLN, no por simpatía con el colonialismo francés sino por la misma razón que Kaliayev no lanzó la primera bomba. Su famosa frase de 1957, pronunciada en Estocolmo tras recibir el Nobel, habitualmente citada como prueba de su cobardía política, era en realidad la formulación más honesta posible de lo que Les Justes había intentado demostrar ocho años antes: que existe un umbral que ninguna causa puede cruzar sin destruirse a sí misma.

«La violencia que se pretende justa debe aceptar el costo de su propia limitación, o deja de ser justicia y se convierte en otra cosa.»
– Albert Camus –, Les Justes, 1949

La teoría contemporánea de la guerra justa, codificada en su versión más influyente por Michael Walzer en Just and Unjust Wars (1977), recoge esta intuición pero la transforma en doctrina operativa. Walzer introduce el principio de doble efecto, heredado de la escolástica tomista, según el cual un acto militarmente necesario que produce daño civil es moralmente tolerable si el daño no es intencional y es proporcional a la ventaja obtenida. Lo que Walzer no podía anticipar, escribiendo en 1977, es que la inteligencia artificial haría del principio de doble efecto un mecanismo de producción industrial de daño colateral estadísticamente previsible y deliberadamente no contabilizado. El sistema Where’s Daddy no produce daño colateral de manera accidental; lo incorpora como parámetro de diseño, sincronizando el ataque con la presencia familiar del objetivo para maximizar la probabilidad de eliminación. En la lógica walzeriana, esto no es un error técnico sino una decisión ética que ningún responsable identificable ha tomado formalmente. Es exactamente el tipo de vaciamiento que Camus había anticipado, aunque sin poder imaginar la velocidad con que la tecnología lo haría posible.

DATO CLAVE.
Según una investigación de +972 Magazine y Local Call publicada en 2024, el sistema Lavender asignaba objetivos letales a una tasa de aproximadamente 37 000 personas en las primeras semanas del conflicto. El margen de error aceptado por los operadores era de hasta un 10%, lo que equivale a asumir estructuralmente la muerte de miles de personas identificadas incorrectamente como combatientes.

El sistema Lavender no es una metáfora. Es una arquitectura de inteligencia artificial que procesa datos de vigilancia masiva (comunicaciones, geolocalización, redes de contactos) para asignar puntuaciones de probabilidad a individuos. Una puntuación suficientemente alta genera una autorización de eliminación. Los operadores humanos que aprueban las órdenes disponen, según los testimonios recopilados por las investigaciones mencionadas, de aproximadamente veinte segundos por objetivo. Veinte segundos, no para verificar la identidad del objetivo, sino para ratificar la decisión de la máquina. El complemento de Lavender, el sistema Gospel, opera en la misma lógica aplicada a infraestructura, generando objetivos sobre edificios residenciales cuando el algoritmo determina que contienen presencia armada. El sistema Where’s Daddy sincroniza la localización del objetivo con su presencia en el domicilio familiar para optimizar el momento del ataque, maximizando la probabilidad de eliminación y, por definición estructural, la de daño colateral sobre civiles en entorno familiar inmediato.

La burocracia del crimen

Lo que estos sistemas producen no es simplemente más muerte, producen una forma específica de muerte administrativa. El agente que aprieta el botón no eligió el objetivo. El sistema que eligió el objetivo fue entrenado por ingenieros que no aprueban las órdenes. Los comandantes que aprueban las órdenes no diseñaron el sistema. Los responsables políticos que autorizaron el uso del sistema no son técnicamente los autores de ninguna muerte específica. Esta cadena de dilución de responsabilidad no es un efecto secundario de la tecnología, es su función estructural más importante. Hannah Arendt describió en Eichmann en Jerusalén el fenómeno de la banalidad del mal como la supresión de la reflexión personal en el acto de ejecutar órdenes. Lo que Gaza revela es una versión más sofisticada de ese mecanismo, donde la orden ya no emana de una jerarquía humana explícita sino de una función matemática, y donde la cadena de responsabilidad es suficientemente larga y técnicamente opaca para que ningún tribunal pueda reconstituirla con claridad. El derecho internacional humanitario exige proporcionalidad y distinción. Ambos principios presuponen un sujeto capaz de evaluar, en tiempo real, si la ventaja militar justifica el daño civil previsible. Ese sujeto ha sido sustituido por una probabilidad. El principio de distinción entre combatientes y civiles no puede ser aplicado por un sistema entrenado para identificar patrones de comportamiento sin acceso a la complejidad irreducible de una vida humana concreta.

DATO CLAVE.
Según datos de Naciones Unidas y organizaciones de derechos humanos verificados a enero de 2026, más del 70% de las víctimas mortales en Gaza identificadas desde octubre de 2023 corresponden a mujeres y menores. Esta proporción no es compatible con una doctrina de targeting que funcione dentro de los parámetros del derecho internacional humanitario, aun interpretado en sus versiones más permisivas.

La responsabilidad pulverizada

Camus exige que quien actúa en nombre de la justicia pueda responder en su nombre propio. Esta exigencia tiene un corolario político preciso. Si no es posible identificar un sujeto responsable, una persona con nombre y conciencia, la acción no pertenece a ninguna ética reconocible, pertenece a la mecánica. Las fuerzas armadas israelíes no son las únicas que desarrollan este tipo de arquitectura. Estados Unidos opera sistemas similares en el marco de sus programas de drones en Yemen, Somalia y Pakistán, documentados a lo largo de la última década por el Bureau of Investigative Journalism. La Unión Europea financia investigación en IA militar sin marcos regulatorios vinculantes sobre autonomía letal. El caso de Gaza es extremo en su escala y en su densidad documental, pero no es una anomalía, es la realización más visible de una tendencia global. La tendencia consiste en desplazar progresivamente la decisión letal fuera del alcance de cualquier mecanismo de rendición de cuentas, usando la complejidad técnica como escudo jurídico. Lo que hace que esto sea políticamente tolerable, al menos para los estados que lo practican o lo financian, es precisamente la distancia que la tecnología introduce entre el acto y su autor. No se ve al carruaje. No se ven los niños. Se ve un número en una pantalla, una coordenada, una firma electromagnética. La pantalla tiene la enorme ventaja de no tener ojos.

Conclusión

La pregunta de Camus no era si la violencia política puede ser justa en circunstancias extremas. Era qué le ocurre al ser humano que la ejerce, qué queda de su capacidad de reconocer al otro como humano cuando convierte esa violencia en procedimiento. La respuesta que Gaza proporciona es empírica y sistemática. Lo que queda es un operador con veinte segundos por objetivo, una interfaz de aprobación y la certeza de que si algo sale mal, el sistema tendrá la culpa. El sistema no tiene nombre. No puede ser juzgado. No puede, en ningún sentido reconocible, responder.

Lo que el siglo XX dejó pendiente fue la institucionalización de límites operativos para la violencia de Estado. Lo que el siglo XXI ha conseguido, con notable eficiencia, es producir una arquitectura tecnológica que hace que esos límites sean literalmente inaplicables. El verdadero nombre de eso no es modernización militar. Es impunidad con hardware…

G.S.

Fuentes

  • «Lavender: The AI machine directing Israel’s bombing spree in Gaza» — +972 Magazine / Local Call — abril 2024
  • «A mass assassination factory: Inside Israel’s calculated bombing of Gaza» — +972 Magazine / Local Call — noviembre 2023
  • «Where’s Daddy? The Israeli military’s new tactic of killing militants at home» — +972 Magazine — diciembre 2023
  • Informes de víctimas civiles en Gaza — OCHA (Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU) — actualizaciones enero 2026
  • Bureau of Investigative Journalism — base de datos «Drone Wars» — consulta febrero 2026
  • Albert Camus, Les Justes, Gallimard, 1949
  • Albert Camus, L’Homme révolté, Gallimard, 1951
  • Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén, Viking Press, 1963
  • Michael Walzer, Just and Unjust Wars, Basic Books, 1977
  • Boris Savinkov, Memorias de un terrorista, 1917
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Escritor suizo-colombiano, estratega en comunicación y narrativa, y Fundador y Editor en Jefe del medio independiente AcidReport. Escribe desde la frontera entre la memoria y el cansancio, sin pertenecer a ningún aparato, sin pedir permiso. No busca fama ni redención: busca precisión, contexto, verdad.

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Con una trayectoria de más de dos décadas en el campo visual y narrativo, su trabajo se sitúa en un territorio incómodo para el poder y ajeno al consenso. Publica para no olvidar, para no volverse indiferente, para dejar constancia. Rechaza el optimismo institucional y la neutralidad aparente del periodismo decorativo.

Desde Suiza, pero no desde el silencio, articula una escritura radicalmente independiente, anclada en la experiencia, el rigor y la sospecha permanente hacia todo discurso dominante.

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